
La afirmación de que las generaciones nacidas entre 1960 y 1980 ostentan una calidad de vida superior a la de sus sucesores ha cobrado relevancia en el debate económico contemporáneo, planteando una disrupción fundamental en las premisas sobre la movilidad social y el progreso intergeneracional. Este artículo aborda la teoría del «fin de la economía de los salarios», una hipótesis que busca desentrañar las dinámicas estructurales que han configurado trayectorias vitales divergentes para distintas cohortes demográficas. Lejos de ser una mera observación anecdótica, esta perspectiva exige un examen riguroso de los cambios paradigmáticos en los mercados laborales, la acumulación de capital y la distribución de la riqueza, que han redefinido el contrato social tácito en las economías desarrolladas. Se trata de una cuestión central que interpela directamente la noción de progreso lineal y desafía a repensar las políticas públicas en un contexto de desigualdad creciente y expectativas fracturadas.
El Apogeo y Declive del Paradigma de la Economía Salarial
Para comprender la supuesta ventaja de la cohorte nacida entre 1960 y 1980, es imperativo contextualizar el entorno económico en el que desarrollaron sus carreras. La «economía de los salarios» se refiere a un modelo predominante durante la posguerra hasta las últimas décadas del siglo XX, caracterizado por una fuerte correlación entre el crecimiento de la productividad y el aumento de los salarios reales. Este periodo, conocido también como la Edad de Oro del Capitalismo, se cimentó en un modelo industrial robusto, la expansión del estado del bienestar y una notable capacidad de negociación de los sindicatos. Las empresas ofrecían empleos estables con contratos indefinidos, claras sendas de progresión profesional, prestaciones sociales generosas y sistemas de pensiones solventes. La adquisición de vivienda era a menudo una meta alcanzable con el ahorro derivado de un salario medio, y la educación superior, aunque no universalmente gratuita, representaba una inversión con un retorno claro y predecible en términos de empleabilidad y ascenso social. Las políticas fiscales y monetarias tendían a ser más reguladoras, buscando equilibrar el crecimiento con la estabilidad y la distribución.
Ventajas Estratégicas y Momentos Económicos Propicios para la Cohorte 1960-1980
La generación nacida entre 1960 y 1980 se benefició de lo que podría considerarse una confluencia de factores económicos favorables en etapas críticas de su vida. Entraron al mercado laboral en un momento donde, aunque el modelo empezaba a mostrar fisuras, aún persistía una inercia de crecimiento salarial y estabilidad laboral. Pudieron acceder a la propiedad de la vivienda con ratios de endeudamiento significativamente más bajos en relación con sus ingresos disponibles, antes del estallido de las grandes burbujas inmobiliarias en economías como la española, que generaron un incremento exponencial en el valor de los activos. Esto les permitió construir un colchón patrimonial considerable, que ha actuado como un amortiguador frente a crisis económicas posteriores. Asimismo, muchos se beneficiaron de sistemas de seguridad social y pensiones con una relación cotización-prestación más favorable que la que enfrentan las generaciones actuales. La desregulación financiera y la globalización, que comenzaron a consolidarse en los años 80 y 90, también abrieron algunas oportunidades de inversión y acumulación para aquellos con capital inicial, aunque simultáneamente sentaron las bases para la precarización que afectaría a sus sucesores.
La Mutación del Mercado Laboral y la Precarización Generalizada
La era post-salarios se caracteriza por la fragmentación del mercado laboral y la erosión de las condiciones que sustentaron el bienestar de las generaciones anteriores. La globalización ha reubicado la producción en regiones de menor coste, reduciendo el poder de negociación de los trabajadores en las economías desarrolladas. La automatización y la inteligencia artificial han desplazado empleos rutinarios y de cuello azul, mientras que la emergencia de la economía gig ha promovido modelos de trabajo basados en contratos temporales, autónomos o por proyectos, despojados de la mayoría de los beneficios sociales tradicionales. Esto ha llevado a una divergencia creciente entre la productividad y los salarios, con la primera superando consistentemente a los segundos. La flexibilidad laboral, antes vista como una ventaja, se ha traducido en una mayor incertidumbre y en salarios estancados, especialmente para las generaciones más jóvenes. Los estudios demuestran que el porcentaje de trabajadores con contratos indefinidos se ha reducido drásticamente, y el inicio de la vida laboral se pospone, a menudo con salarios de entrada que apenas permiten la autonomía económica.
El Coste de Vida Disparado y la Trampa de la Deuda
Mientras que la generación anterior pudo acumular patrimonio, las cohortes nacidas después de 1980 enfrentan un panorama donde el coste de la vida, especialmente la vivienda, se ha disparado sin una correlación equivalente en el crecimiento salarial. La relación entre el precio medio de una vivienda y el salario anual es significativamente más elevada, haciendo que la compra sea inasequible para muchos, y el alquiler se lleva una porción desproporcionada de los ingresos. A esto se suma la carga de la deuda estudiantil, que ha crecido exponencialmente en países donde la educación superior no es gratuita o ha visto recortes en su financiación pública. Esta combinación de salarios estancados, costes de vida crecientes y deudas persistentes, ha dificultado enormemente la acumulación de capital, la formación de familias y la planificación a largo plazo. En este contexto, la discusión sobre el laberinto del consentimiento digital y la arquitectura del capitalismo de vigilancia cobra una nueva dimensión, al señalar cómo incluso nuestras interacciones más cotidianas se monetizan, generando valor para terceros sin que el individuo perciba un beneficio directo, sumándose a la complejidad del valor económico personal en la era digital.
El Sistema Educativo y la Adecuación a Nuevas Realidades
La brecha generacional también se ve exacerbada por la disparidad entre las habilidades demandadas por el mercado laboral actual y las que el sistema educativo tradicional ha proporcionado. Mientras que las generaciones anteriores a menudo encontraron empleo en industrias que valoraban la formación técnica o profesional estandarizada, las economías actuales exigen una constante adaptación, habilidades blandas y una alfabetización digital profunda. El debate en torno a el inmovilismo estratégico de la educación, como se observa en ciertos conflictos docentes, subraya la dificultad de los sistemas educativos para reformarse y alinearse con las necesidades de un mercado en constante evolución. Esta desconexión contribuye a la precariedad laboral de los jóvenes, que a menudo se encuentran sobrecalificados para trabajos de baja remuneración o carecen de las habilidades específicas que las empresas tecnológicas y de servicios demandan.
Consecuencias Sociales y Desafío de Cohesión
La divergencia en las trayectorias vitales y económicas entre generaciones tiene profundas implicaciones sociales. Genera un creciente resentimiento intergeneracional y una polarización de percepciones sobre la justicia económica. Las generaciones más jóvenes perciben una falta de oportunidades y una carga desproporcionada de los problemas económicos y medioambientales, mientras que las mayores pueden interpretar la situación como una falta de esfuerzo o resiliencia. Este fenómeno no solo afecta la estabilidad económica individual, sino que también amenaza la cohesión social y la estabilidad política. La tensión en torno a las pensiones, la sostenibilidad de los sistemas de bienestar y la financiación de servicios públicos se intensifica. Abordar esta realidad exige una redefinición de las políticas públicas, desde la fiscalidad hasta el mercado laboral y la educación, buscando modelos que promuevan una distribución más equitativa de las oportunidades y los riesgos a lo largo del ciclo vital, y que reconozcan las diferencias estructurales en lugar de culpar a la iniciativa individual.
La teoría del «fin de la economía de los salarios» no es una mera observación sobre la suerte de una generación específica, sino un diagnóstico crítico sobre la evolución de nuestro sistema económico. Subraya la necesidad de una profunda reflexión sobre cómo se genera y distribuye la riqueza en el siglo XXI, y cómo garantizar que el progreso sea verdaderamente inclusivo. Las consecuencias de ignorar estas dinámicas son palpables: desde el aumento de la desigualdad hasta la potencial erosión de la estabilidad social y política. Es imperativo que las políticas públicas se adapten a esta nueva realidad, promoviendo modelos económicos que valoren tanto la eficiencia como la equidad intergeneracional, asegurando que el acceso a la vivienda, la educación y un empleo digno no sean privilegios de una época pasada, sino derechos fundamentales para todas las cohortes. La viabilidad de una sociedad cohesionada depende de la capacidad de sus instituciones para reconocer y mitigar estas disparidades estructurales, redefiniendo el contrato social para el futuro.
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