Mar Casas, experta en protocolo: «Es una falta de educación mirar a cualquier parte menos dentro del vaso»

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Mar Casas protocolo

El protocolo, esa disciplina ancestral que regula las normas sociales y las conductas en contextos formales, sigue siendo un tema de relevancia en un mundo donde las apariencias y las reglas invisibles de convivencia pueden marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. En este sentido, Mar Casas, reconocida experta en etiqueta y asesora en formación de servicios gastronómicos, ha vuelto a desmenuzar los códigos ocultos que rigen la mesa de los comensales más exigentes. Su intervención en el pódcast ‘Teien Sentido’ ha generado un debate inesperado sobre prácticas cotidianas que, lejos de ser irrelevantes, reflejan valores culturales profundos. Con más de dos décadas de trayectoria en la enseñanza de normas sociales, Casas no solo defiende la importancia de la disciplina en entornos laborales y sociales, sino que también expone con contundencia cómo incluso el gesto más sencillo, como el de observar el contenido de un vaso, puede convertirse en un indicador de respeto o descortesía. Su análisis, basado en décadas de estudio, cuestiona la superficialidad de quienes subestiman el poder de los detalles en la construcción de una imagen profesional y social.

El arte de las manos en la mesa: una tradición con raíces históricas

Uno de los principios fundamentales del protocolo, según Casas, es la visibilidad constante de las manos durante una comida. Esta regla, aunque parezca obvia, tiene un origen histórico que se remonta a épocas en las que ocultar las manos bajo guantes o mangas podía ser interpretado como una señal de desconfianza. «En el pasado, las manos eran un símbolo de poder y vulnerabilidad», explica la experta. «Mantenerlas a la vista no solo transmitía transparencia, sino también la ausencia de intenciones ocultas». Por eso, las manos deben reposar ligeramente sobre el borde de la mesa, sin que los codos descansen sobre la superficie ni que las manos descansen por debajo. «La posición correcta es un equilibrio entre elegancia y naturalidad», matiza Casas, quien advierte que la rigidez puede generar incomodidad. «No se trata de imponer una postura perfecta, sino de evitar errores que rompan la armonía de la interacción».

La naturalidad como prioridad: evitando la rigidez excesiva

Casas subraya que, aunque existen pautas claras, el protocolo no debe convertirse en una obsesión. «Lo esencial es mantener una actitud relajada, pero consciente de las normas», afirma. «Inclinarse ligeramente al escuchar a alguien demuestra atención y facilita una conversación más cercana». Esta actitud, sin embargo, no debe confundirse con la pasividad. «El cuerpo debe estar erguido, pero sin tensarse», recuerda. La clave está en encontrar un equilibrio entre formalidad y comodidad, evitando posturas que puedan ser percibidas como desinterés o falta de respeto. «La mesa no es un escenario para exhibir habilidades técnicas, sino un espacio para conectar con los demás», añade. Esta filosofía aplica tanto en contextos laborales como en reuniones familiares, donde la naturalidad puede ser tan importante como la disciplina.

El llamado al camarero: un gesto que no pasa desapercibido

Una de las críticas más contundentes de Casas se dirige a quienes, en lugar de usar palabras, recurren a gestos para llamar al camarero. «Levantar la mano o hacer señales es una clara falta de cortesía», denuncia. «El protocolo no se trata de evitar la comunicación, sino de hacerlo de manera respetuosa». Según la experta, existen códigos silenciosos que indican cuándo se está listo para pedir: cerrar la carta y dejarla sobre la mesa, por ejemplo, es una señal universal que indica que el comensal está dispuesto a realizar un pedido. «No se trata de ser pasivo, sino de mostrar que se está atento a las necesidades del servicio sin invadir su espacio». Esta práctica, aunque sencilla, refleja un nivel de educación que trasciende lo meramente estético y entra en el ámbito de la profesionalidad.

Mirar al vaso: una regla que desafía las convenciones

La afirmación más polémica de Casas, sin embargo, es su crítica a quienes, al beber, miran fuera del vaso en lugar de fijar la mirada en su contenido. «Es una falta de educación que, aunque parezca trivial, tiene raíces en siglos de tradición», explica. «El acto de beber no es solo una acción física, sino un momento de conexión con el objeto y con la persona con quien se comparte la comida». Según la experta, esta práctica, aunque no sea universal, es una muestra de respeto hacia el acto de la mesa. «No se trata de un dogma, sino de un recordatorio de que incluso los gestos más simples pueden transmitir valores profundos». Casas insiste en que, en un mundo donde la atención es un recurso limitado, mantener la mirada en el vaso es una forma de demostrar que se está presente en el momento.

El impacto de las normas invisibles en la sociedad

Las normas de protocolo, aunque a menudo pasen desapercibidas, tienen un impacto profundo en la formación de identidades sociales y profesionales. Casas destaca que, en el ámbito laboral, la disciplina en la mesa puede ser un indicador de competencia y respeto hacia los colegas. «En reuniones de negocios, la forma en que uno se comporta en la comida puede influir en la percepción de su profesionalismo», señala. «No se trata de seguir reglas rígidas, sino de entender que cada detalle contribuye a la imagen que se proyecta». Esta filosofía se extiende a contextos como la educación, donde enseñar a los niños a respetar las normas de la mesa puede sentar las bases para una conducta social más empática y responsable.

El futuro del protocolo en un mundo en constante cambio

Con la digitalización y la globalización, las normas de protocolo enfrentan nuevos desafíos. Casas advierte que, aunque las reglas tradicionales siguen siendo relevantes, su aplicación debe adaptarse a los contextos modernos. «La tecnología ha transformado la forma en que nos relacionamos, pero no debe reemplazar la necesidad de respeto y disciplina», argumenta. «En un entorno donde la comunicación es más rápida y menos personal, las normas invisibles pueden ser aún más importantes para mantener la conexión humana». Esta reflexión tiene implicaciones en múltiples sectores, desde la educación hasta el turismo, donde la formación en protocolo puede ser un diferenciador clave para empresas y profesionales.

El legado de las normas invisibles

El trabajo de Mar Casas no solo resalta la importancia de las normas de protocolo, sino que también subraya su capacidad para adaptarse a los cambios sociales. «El protocolo no es un relicario del pasado, sino una herramienta viva que evoluciona con las necesidades de la sociedad», concluye. «En un mundo donde la atención es un recurso escaso, las normas invisibles pueden ser un puente para construir relaciones más significativas». Su mensaje, aunque directo, invita a reflexionar sobre cómo, a través de gestos simples, se pueden transmitir valores que trascienden lo material y se enraizan en la identidad colectiva. La mesa, en este sentido, no es solo un espacio para comer, sino un escenario donde se construyen historias, se fortalecen vínculos y se define el respeto hacia los demás.

Impacto económico y social de la formación en protocolo

La formación en protocolo no solo mejora la imagen personal, sino que también tiene un impacto tangible en el ámbito económico. Según estudios recientes, los profesionales que dominan las normas de etiqueta tienen un 30% más de probabilidades de ser promoviidos en entornos corporativos. «En sectores como el turismo o la gastronomía, la educación en protocolo puede ser un factor decisivo para atraer clientes exigentes», señala Casas. Además, en el ámbito educativo, la enseñanza de estas normas puede reducir conflictos y fomentar un ambiente de aprendizaje más respetuoso. «La disciplina en la mesa no es solo una cuestión de etiqueta, sino una inversión en el desarrollo personal y profesional», añade. A medida que las empresas buscan diferenciarse en mercados competitivos, la formación en protocolo podría convertirse en un recurso estratégico para mejorar la experiencia del cliente y la eficiencia operativa.

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