
Cuatro años después de su llegada al Palacio Chigi, Giorgia Meloni se ha consolidado como la mandataria más duradera en la historia reciente de Italia, una posición que no se veía desde Benito Mussolini. Su victoria en las urnas en septiembre de 2022 despertó recosos en toda Europa: muchos temían que la líder de Hermanos de Italia —heredera del posfascista Movimiento Social Italiano (MSI)— arrastrara al país hacia la extrema derecha junto a la Liga de Matteo Salvini y Fuerza Italia, el partido impulsado por el histórico Silvio Berlusconi. Sin embargo, la premier ha optado por un camino mucho más pragmático del esperado. Su propia autobiografía, Sono Giorgia, ya apuntaba esa dirección al retratarla como una política conservadora clásica, en la órbita de la británica Margaret Thatcher.
La estabilidad política ha sido, sin duda, su gran logro. Pero el balance económico dibuja una Italia atrapada en un crecimiento raquítico, incapaz de elevar la productividad, los salarios y la sostenibilidad de sus finanzas públicas. En 2023, el Producto Interior Bruto (PIB) avanzó apenas un 1%; en 2024, un 0,7%, y en 2025, un 0,5%. Las previsiones para 2026 oscilan entre el 0,5% y el 0,9%, cifras que confirman un país estancado en un momento en el que la mayoría de las economías europeas, incluida la española —que ha superado a Italia en dinamismo— avanzan con mayor soltura.
Una oposición débil y un pragmatismo que desactivó los peores augurios
Analistas como Giovanni Orsina, de la Universidad LUISS de Roma, sostienen que Meloni se ha convertido en «la persona alrededor de la que gira todo el sistema político» italiano. El exdiputado Italo Bocchino va más allá y afirma que la mandataria permanecerá en la escena pública durante décadas. Nadie lo intuía cuando Meloni llegó al poder. En sus primeros meses tuvo que lidiar con el perfil testosterónico de Salvini y con la vieja guardia vinculada a Berlusconi, pero acabó doblegando a unos y otros mediante una estrategia de moderación calculada.
Tres factores explican, según la prensa internacional, este éxito político. En primer lugar, la suerte de contar con una oposición fragmentada y sin liderazgo claro. En segundo lugar, un ejercicio deliberado de contención: Meloni ha limitado su actividad pública y legislativa, reduciendo así el margen de error, aunque ello también se haya traducido en una ausencia de reformas estructurales. Y, en tercer lugar, una moderación que ha sorprendido a quienes la situaban en la órbita de la ultraderecha radical. La combinación de estos elementos le ha permitido sobrevivir cuatro años en un entorno político tradicionalmente volátil.
El empleo sube, pero la productividad se hunde
El dato positivo del Ejecutivo es el mercado laboral. Entre finales de 2022 y junio de 2026, se han creado más de un millón de puestos de trabajo y la tasa de desempleo ha bajado del 7,9% al 5,7%. El economista Carlo Cottarelli reconoce el mérito, aunque advierte de que este avance responde en parte a la eliminación de la renta básica y, sobre todo, a un nivel salarial real muy bajo. El empleo ha crecido mucho más que el PIB, lo que significa que la productividad por trabajador ha caído: los nuevos puestos son, en su mayoría, de baja cualificación y escaso valor añadido.
El estancamiento italiano contrasta con el avance de otras potencias del entorno. Como recuerda Cottarelli, «todos los grandes países de la UE, salvo Alemania y Francia, nos han sobrepasado», con una España que se ha consolidado como el motor del sur de Europa. Para entender la magnitud del desafío, basta comparar la trayectoria italiana con la de economías que, partiendo de bases similares, han acelerado su convergencia —un fenómeno que recuerda al análisis sobre la pérdida de peso económico de España en el ranking del FMI, donde la presión competitiva global obliga a repensar estrategias nacionales.
Deuda disparada, justicia en pausa y una demografía sin plan
A finales de 2026, Italia volverá a ser el Estado de la zona del euro con la tasa de deuda pública más alta, un indicador que llegará a superar incluso a Grecia. El propio Cottarelli alerta de que el crecimiento insuficiente compromete la sostenibilidad fiscal a medio plazo, ya que sin expansión sólida será imposible atender el coste del envejecimiento y mantener el estado del bienestar. En marzo, los italianos rechazaron en referéndum unas reformas judiciales que Meloni había convertido en una prioridad personal, un golpe político que evidenció los límites de su capacidad de movilización.
En materia migratoria, las llegadas irregulares se han reducido, pero no existe un plan de inmigración regular a largo plazo, una carencia grave si se tiene en cuenta que más de la mitad de las empresas italianas afirma tener dificultades para encontrar personal. En la próxima década se jubilarán los baby boomers y, por cada dos trabajadores salientes, solo 1,2 jóvenes alcanzarán la edad laboral. Italia, como otros países europeos, es una sociedad envejecida sin una estrategia clara para gestionar la catástrofe demográfica que se avecina.
Estabilidad sin transformación: el dilema abierto de la era Meloni
El balance de estos cuatro años no puede leerse únicamente a través de la mejora del déficit, la contención del desempleo o la mejor percepción de los mercados, porque el país sigue creciendo a un ritmo demasiado lento para sostener de forma duradera la productividad, los salarios y las finanzas públicas. No hay que confundir la estabilidad política que ha logrado Meloni —superando en longévité a Berlusconi— con capacidad de transformación económica. Meloni parece haber utilizado la estabilidad para administrar más que para transformar.
Quedan sobre la mesa reformas fundamentales pendientes: una reforma fiscal modernizadora, una estrategia industrial competitiva, una política de innovación tecnológica alineada con las grandes tendencias globales —desde la inteligencia artificial hasta la nueva movilidad eléctrica, campos donde la pugna geoestratégica entre Estados Unidos y China redefine las cadenas de valor, como demuestra la doble revolución de Nvidia y los coches chinos— y, sobre todo, una política demográfica que prepare al país para un invierno demográfico inevitable. Mientras tanto, el Ejecutivo italiano insiste en su relato de prudencia y control. Los datos, sin embargo, dibujan una realidad más frágil: la de un país estable en lo político, pero cuya economía avanza con paso tan lento que la consolidación presupuestaria podría desmoronarse en cuanto cambien las condiciones globales.



